Café cantante

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Establecimiento público en donde se servían café, vinos, licores y en donde se daban recitales de cante y baile flamenco.

Los cafés cantantes representan el lugar en que el cante, tras de una primera época de exhibición restringida, aparece ante público numeroso. En ellos, pues, el cante deja de ser un arte minoritario para alcanzar difusión y arraigo populares.

Los cafés cantantes estaban instalados alrededor de un patrón general: un salón, lo más amplio posible y decorado con espejos y carteles de toros, en el que además de las sillas y mesas destinadas al público se levantaba el tablao en donde actuaba el cuadro flamenco. Claro que esta estructura común ofrecía variantes, algunas de ellas curiosas. Se cuenta que el tablao del Café del Burrero era tan amplio que en él llegaron a lidiarse becerros de casta.

En los lados del salón solían instalarse palcos para los concurrentes adinerados, y en sitios colindantes, cuartos reservados para las juergas o comidas familiares.

Se afirma que ya en 1842 hubo un café cantante en Sevilla, en la calle de Lombardo, y que los primeros conocidos en dicha localidad son el Café de los Cagajones y el de la calle de Triperas (hoy Velázquez), ambos de corta existencia.

El más importante de todos los cafés cantantes de España fue, sin duda, el Café de Silverio, en Sevilla, ciudad en la que también estuvieron abiertos el ya mencionado Café del Burrero -primero en calle de Tarifa y luego en calle Sierpes-, el Salón Filarmónico -calle de Amor de Dios-, el Café de la Marina - en la calle García de Vinuesa-, el Café de San Agustín -en la Puerta de Carmona-, el Café de Novedades - en la Campana- y los cafés trianeros el Tejar de Capuchinos y Monte Pirolo.

En Jerez de la Frontera, existían los siguientes: el Café del Conde, el Café de la Vera Cruz, que estuvo instalado en parte del solar que ocupaba el antiguo edificio de Correos y Telégrafos, y cuyo propietario fue Juan Junquera; Café La Primavera de Jerez, en la calle Doña Blanca; el Café de Caviedes, en la calle de las Bodegas, y el Café de Rogelio, situado en parte del solar que hoy ocupa el Teatro Villamarta; a los que Fernando el de Triana añade el Café del Palenque.

En Cádiz hubo Café La Jardinera, en Puerta Tierra, Café La Filipina, en la calle de Juan de Anda, y el veraniego Café del Peregil, en la antigua alameda de ese nombre, hoy Parque Genovés.

En El Puerto de Santa María, el Café Navío y el Café León de Oro, en la calle Luna; Café El Refugio, en el barrio de Guía, y el Café del Carbón, en la plaza del mismo nombre.

En Málaga, el Café del Turco, el Café de Chinitas, glosado por José Carlos de Luna; el Café Siete Revueltas y Café La Loba.

En Huelva, el Café Baile de Perico y en Granada hay que anotar la existencia al menos del Café de Cuéllar.

En Madrid hubo el Café de la Bolsa, el Café de Barquillo, el Café Imparcial, el Café de la Marina, el Café Brillante, el Café La Estrella, el Café de Romero, el Café de Don Críspulo y el Café de Encomienda.

Los cafés cantantes, cuya decadencia se inició hacia el 1910, para llegar hasta su casi total desaparición durante la primera mitad del siglo, convivieron con ventas y colmaos, y últimamente, fueron sustituidos por los tablaos flamencos

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